18 de febrero de 2014

Lejos, muy lejos II

El Emperador saboreaba sus labios mojados de té amargo, puesto que su costumbre imponía no echarle ni un mísero granito de azúcar. Sus ojos repasaban una melodía que todavía no encajaba, atravesando cortinas de humo en su inexorable camino hasta el pentagrama.

Me preguntaba si durante aquellos instantes se acordaba de mí, si era consciente de que yo seguía allí, presente, única testigo del extático momento del Génesis, de la genuina creación. Parecía olvidarlo todo a su alrededor, concentrarse en la música, fruncir las cejas, entrecerrar los ojos rasgados de Emperador chino, relamer con la lengua los labios mojados, el té olvidado, rojo pálido, posado sobre su piel.